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Tecnología y vida salvaje: innovar para cuidar a las especies

5 min

¿Imaginas un futuro con todas las innovaciones y sin animales extintos a los que echar de menos? Tecnología y naturaleza hacen equipo para cuidar a las especies en peligro de extinción.


Algunos de los que podrían ser nuestros animales favoritos ya no existen. Otros, a los que sí tenemos la suerte de conocer, están en peligro de extinción.

¿Se puede hacer algo para evitarlo? La respuesta es sí: se puede hacer muchísimo. Y lo mejor es que todos podemos aportar en la conservación de las especies.

No hace falta que seas el presidente de un país o la reina de una monarquía europea o el cantante más famoso de tu generación. Basta con que seas una persona. Eso sí, una con un corazón muy grande y un gran respeto por la vida en cualquiera de sus formas.

Como Manuel, tú puedes retar al status quo y ponerte manos a la obra para ayudar a las especies en peligro de extinción. Si quieres conocer más historias de personas que pensaron y actuaron, entra aquí. Si quieres saber qué avances tecnológicos dan la cara por los animales en riesgo de extinguirse, sigue leyendo.

Cámaras para monitorizar especies en peligro

Comprender cómo se comportan los animales en peligro de extinción en su entorno natural es una gran manera de aprender a cuidar de ellos. Tener ojos en su hogar sirve para saber qué necesitan, qué amenazas sufren, si la merma de población ocurre a mayor o menor velocidad y hasta qué cosas les hacen gracia, algo que parece una tontería pero que puede ayudar a quienes se preocupan por ellos a aproximarse de manera más eficiente y segura.

Por eso es tan importante contar con cámaras que permitan registrar la actividad de las especies en peligro de extinción. Las cámaras pueden llegar a donde las personas no llegan, pueden trabajar varios meses de manera continuada y son menos vistosas y preocupantes para los animales, con lo cual modifican mucho menos su día a día y permiten que la observación de sus comportamientos sea más precisa.

¿Cómo funcionan? De muchas maneras. Algunas se fijan al cuerpo de un ejemplar para que registre toda la actividad de sus pares. Otras se esconden en árboles, piedras o abrevaderos y cuentan con sensores de movimiento para activarse en cuanto algún ejemplar se acerca. La mayoría tiene en común el funcionamiento vía satélite, de manera que puedan transmitir sus hallazgos incluso en los paisajes más intrincados, allí donde Internet no llega.

Drones para cazar cazadores furtivos

La idea del cazador cazado nos gusta especialmente cuando se trata de echarle el guante a los cazadores furtivos que se cargan ejemplares salvajes y, con ello, ponen en peligro a las especies.

Por suerte, cada vez son más las fundaciones que se preocupan por liberar drones que sobrevuelen el medio salvaje en busca de imágenes de cazadores furtivos.

Estos drones suelen incorporar cámaras con Inteligencia Artificial, que son capaces de diferenciar objetos en movimiento para saber cuándo se trata de un animal o de un cazador. Esta diferenciación permite reducir el porcentaje de falsa alarma y capturar fotos de cazadores para reducir su impunidad. Igualmente, muchas de ellas son capaces de retransmitir de manera casi instantánea las imágenes conseguidas.

Clonación de especies

Ha pasado mucho desde que el mundo conoció a Dolly, la primera vida clonada con éxito. La oveja Dolly murió hace 15 años habiendo vivido más o menos la mitad de lo que vive una oveja común, pero su vida dejó una huella que dará luz a muchas otras: se puede crear un ser vivo si se junta la información de forma correcta.

Pero, ¿es real a día de hoy crear especies a partir de otras, aumentar la población mediante la clonación o traer de vuelta a especies extintas? La respuesta, por lo menos teóricamente, es que sí.

De hecho, hace unos pocos días se ha afirmado que estamos en capacidad de crear un dinosaurio dentro de no muchos años, al mejor estilo de Jurassic Park.

La cuestión es saber cuánto cuesta hacer algo como eso, qué impacto supondría en el medioambiente tal como lo conocemos, si los individuos son fértiles para continuar el ciclo vital de manera autónoma y un montón de interrogantes más que, lejos de desanimar, dan esperanza para seguir investigando.

Embarcaciones con chivatos para ballenas

Lamentablemente, es muy común que las ballenas y las embarcaciones choquen. Esto no solo puede provocar un daño más que evidente en las ballenas, sino que también podría causar algún accidente en la embarcación.

Por eso, cada vez más se están incorporando emisores de ondas y sonidos que, si bien no interfieren con el día a día de aquellos que viven debajo del mar, sí que sirven como alerta para que las ballenas se alejen y se pongan a cubierto, reduciendo la posibilidad de colisión.

Narices electrónicas contra el tráfico de animales

Una buena manera de ponerle freno al tráfico de especies es haciendo que los traficantes de animales fracasen en su misión. Para esto, tradicionalmente se han usado, por ejemplo, perros capaces de detectar olores que induzcan a revisar cargamentos en busca de pieles, osamentas y otros elementos de origen animal ilegalmente obtenidos.

¿El problema? Es difícil y costoso en tiempo y dinero contar con un ejército numeroso de perros bien entrenados.

Por eso han surgido varios proyectos para crear detectores de olores que funcionen de manera muy similar a la nariz de un sabueso. Estos escáneres inteligentes, serían capaces de detectar mediante el análisis químico de un “olor” o pieza, a qué especie pertenece y su lugar de origen, haciendo muy sencillo el trabajo de determinar cuando algo no puede pasar de un lugar a otro y contribuyendo a la ruina de los traficantes de animales.

El limpiador de océanos

The Ocean Cleanup, la barrera para quitar plástico y basura flotante de los océanos ha empezado a funcionar en septiembre de 2018. Esta barrera de 600 metros de lago promete reducir la cantidad de residuos que flotan en la llamada Isla de Basura, en el Océano Pacífico.

Se prevé que, una vez comprobada su eficiencia, se desplieguen unas 60 barreras en los próximos cinco años, como una medida para atrapar al menos una parte de los 8 millones de toneladas de plástico que cada día se vierten en el mar.

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